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Innovación y Tecnología/Vida digital

Prohibición de celulares en el aula: un debate que distrae de los grandes problemas de la educación y la tecnología

La limitación de celulares en el aula es una cuestión de sentido común que difícilmente justifica una ley. Lo preocupante es que la discusión se agote ahí, y que quienes demonizan las pantallas aprovechen para frenar lo que los adolescentes necesitan con urgencia: una educación que los alfabetice digitalmente. El costo de no hacerlo ya supera con creces cualquier riesgo.

Prohibición de celulares en el aula: un debate que distrae de los grandes problemas de la educación y la tecnología
Imagen generada con inteligencia artificial mediante el modelo NanoBanana 2 de Google.
Federico Comesaña

Autor

POR FEDERICO COMESAÑA

6 marzo, 2026

Me da la sensación de que le estamos errando feo. En las últimas semanas, con el inicio de las clases, la discusión sobre los adolescentes, los centros educativos y los celulares, llegó al tope de la agenda de discusión pública. Pero lamentablemente el debate se agota ahí, en los celulares, en si se usan o no adentro del aula, en la capacidad de los docentes de contener el impulso de sus alumnos de leer y contestar ese último mensaje de Instagram, en si prohibirlos o no prohibirlos, en si ponerlos en un locker o en un estuche con cierre magnético. Me parece que le estamos errando feo y paso a explicar por qué.

La de celulares dentro o fuera del aula y del tiempo pedagógico, me parece una discusión que por evidente se agota muy rápido: si cualquier dispositivo (sea un celular, una pelota o un tamagotchi) funciona como distractor, claramente resta mucho más de lo que suma en el salón de clase o en el recreo, y debería quedar afuera como una más de las tantas normas de convivencia que imponen los centros. Distrae del aprendizaje, distrae del tiempo compartido de forma significativa con el otro, promueve la segregación en grupos cada vez más estancos de intereses o características en común. Dicho de paso, nunca voy a entender, por ejemplo, a las instituciones que habilitan el partidito de fútbol durante el recreo. ¿No tiene la misma lógica?

Desde un punto de vista pedagógico, el potencial de los dispositivos es inmenso, pero es lógico que si la única opción disponible son dispositivos de propósito general, entonces es mejor tenerlos lejos del aula. Y esa es una opinión bastante más extendida de lo que algunos plantean. No he escuchado prácticamente voces defendiendo que un adolescente pueda tener acceso a Whatsapp, Instagram o TikTok en horario de clase. Al final de cuentas, tenemos una tribuna de indignados con el avance tecnológico, que saborean su pequeña victoria al haberle quitado un espacio en la vida de los adolescentes al maldito dispositivo ese, que hoy le gritan desaforados y le enrostran su triunfo a las gradas de enfrente, en un desafío tribal de nosotros contra ustedes. Pero lo que no saben (o sí, y no les importa) es que esas gradas están completamente vacías.

Sí, estoy a favor de limitar el uso de teléfonos celulares en las escuelas y liceos, pero de ahí a promover legislación al respecto, me parece una exageración y un sin sentido absoluto. A nadie se le ocurriría una ley que prohíba intercambiar figuritas en clase o que obligue a un alumno a dejar el álbum y el mazo bajo llave en un locker. Su regulación es de sentido común y forma parte de las normas básicas de convivencia por las cuales se esperaría que velara todo centro educativo sin necesidad del verticalazo de un legislador.

Pero eso no es lo que más me preocupa, sino que el debate sobre tecnología y adolescencia se agote ahí, y los adalides del pánico moral que demonizan pantallas, redes, plataformas e inteligencia artificial, se apalanquen en esta discusión estéril para replicar su lógica a otras dimensiones de la tríada educación, tecnología y adolescencia.

Que el celular debería estar por fuera de cualquier espacio pedagógico me parece tan evidente, como que la tecnología tiene que estar presente en todas las instancias de aprendizaje. Inteligencia artificial, dominio de herramientas colaborativas, complementación de los saberes adquiridos en el aula mediante el ejercicio del autoaprendizaje, la expresión mediante herramientas audiovisuales y de interactividad, son todos recursos que deben estar presentes hasta en la sopa, porque la alfabetización en esas habilidades pasó a ser estrictamente necesaria para el desempeño social, cultural y económico dentro de la sociedad actual.

Eso requiere docentes con nuevas habilidades y por supuesto, incentivos para adquirirlas. Y ahí entra el rol de las instituciones y del sistema educativo, que deben procurar el pienso, el esfuerzo y los recursos para que esto suceda. Es fácil detenerse en cuestiones disciplinarias de los jóvenes, cuando el verdadero desafío está en las iniciativas que los adultos deberían ser capaces de promover.

La discusión entre el riesgo y las oportunidades de la tecnología ya quedó vieja de cara a las transformaciones que estamos enfrentando. En todo caso, la opción que se retiró del menú es la de evitar el peligro mediante la postergación del ingreso de los adolescentes al mundo digital. Los riesgos (los reales, no los exagerados por el pánico moral reinante) existen y es necesario esforzarnos aun más para mitigarlos. Pero hoy el costo del analfabetismo digital se ha vuelto tan elevado, que negarnos a acompañar a los adolescentes en su ingreso al mundo de la tecnología es más que una irresponsabilidad, una canallada.

El presente artículo es una producción original realizada por el autor. El uso de herramientas de inteligencia artificial se limitó a tareas de investigación, procesamiento y sistematización de datos, validación argumentativa, edición y corrección de estilo. Todas esas tareas se realizaron con estricta supervisión del autor y ninguna de manera automatizada. Todos los contenidos son de exclusiva responsabilidad del autor.
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